Domingo, 4 de febrero
de 2001 - Número 277
SENTENCIA
| DOCE
AÑOS DESPUÉS DEL ATENTADO
Una
azafata española en Lockerbie
JUAN CARLOS
DE LA CAL
Finalizó el juicio.
La tragedia de Lockerbie ya tiene culpable. Abdel Basset al Megrahi, miembro
de los servicios secretos libios era condenado, el pasado miércoles,
a cadena perpetua por el atentado, el 21 de diciembre de 1988, contra el
vuelo de la línea aérea norteamericana Pan-Am. Entre los
270 fallecidos estaba la española Nieves de Larracoechea. Desde
la ciudad holandesa de La Haya, donde se ha celebrado el juicio, su hermana
Marina cuenta a CRONICA cómo el suceso rompió su vida.
Nieves tendría ahora 51 años
y podría estar trabajando en alguno de los destinos de la Pan-Am
en Madrid. Y quién sabe si su hermana pequeña, Marina, poseería
un estudio de arquitectura interior en Nueva York. Nieves llevaba 17 años
trabajando como azafata para la compañía estadounidense.
Vivía con su marido en Madrid y tenía su base laboral en
Londres. Su existencia transcurría volando de un sitio para otro,
siempre con la maleta preparada.
La noche del atentado toda su familia
la esperaba en su casa bilbaína para celebrar las Navidades: su
madre, su hermano Paco y algunos de sus primos. Pero Nieves nunca llegó.
Antes lo hizo la fatal noticia: era uno de los 16 tripulantes del avión
que el día anterior voló en pedazos sobre el pueblo escocés
de Lockerbie. Una radio-bomba, fabricada por un grupo de terroristas libios,
estalló en la bodega del aparato. Los restos del fuselaje se esparcieron
por la localidad matando todavía a 11 personas más. 270 muertos
en total.
Durante días, los medios
de comunicación no hablaron de otra cosa. Luego vino lo peor: viajes
a Escocia, identificación de los restos, repatriación, entrevistas
con agentes judiciales de medio mundo... Una pesadilla que dura 12 años
y que tiene visos de continuar. «Para mí, estamos tan sólo
en el principio. He consagrado mi vida a hacer aflorar la verdad, a que
la justicia aclare qué es lo que pasó realmente. No pienso
detenerme aquí», asegura la hermana.
Aquella Navidad Marina decidió
quedarse a vivir en Nueva York. No para abrirse camino en el mundo de la
decoración, sino para trabajar junto a los familiares de los fallecidos
en Lockerbie. Durante 12 años ha viajado por medio mundo recogiendo
datos, entrevistando a expertos y testigos y buscando en archivos, para
tratar de entender cómo se mueven los hilos más siniestros
de la geopolítica mundial.
Desde el 3 de mayo del año
pasado, Marina ha acudido al auditorio habilitado en el edificio de Naciones
Unidas para que los familiares de las víctimas pudieran seguir un
juicio que ha acabado con la condena a cadena perpetua de uno de los acusados
y la absolución del segundo. «Creía que los iban a
absolver a los dos y que hayan condenado a uno me ha sorprendido. Pero
me indigna no saber quién fabricó la bomba, me indigna el
muro de silencio que se ha formado alrededor del comportamiento del Gobierno
norteamericano y las mentiras que se han contado. Todo esto es una obscenidad»,
protesta Marina.
La irritación de la mujer
tiene una justificación. Según ella, el Gobierno de EEUU
tenía informaciones confidenciales en las que se advertía
del riesgo de que la compañía sufriera un atentado. «El
informe más contundente», cuenta Marina «habla de una
llamada que se recibió en la embajada norteamericana en Helsinki
el 5 de diciembre de 1988 y en la que un presunto espía palestino
arrepentido, Shamru Mahayan, avisaba de que un comando iba a colocar una
bomba en un avión que cubría la línea Francfort-Nueva
York. También sabemos que el Pentágono hizo circular un informe
interno para advertir a los diplomáticos, militares y altos directivos
de multinacionales de que no viajasen por esas fechas en vuelos de esta
compañía. Así lo hicieron: curiosamente, no había
ninguno a bordo ese día. ¿Por qué no tuvieron la humanidad
de avisar a todo el mundo?».
A ello tendrán que responder
las autoridades judiciales de EEUU si prosperan las demandas que piensa
interponer un grupo de familiares. Antes tendrán que resolverse
los últimos recursos, como quién pagará las indemnizaciones
previstas -130.000 millones de pesetas a las familias, más de 400
por cada fallecido-, si el Gobierno libio o algún organismo internacional.
Marina continuará su particular
lucha. No en vano, una parte de ella también murió en Lockerbie.
Y nadie, ni siquiera el más poderoso de los gobiernos del mundo,
podrá compensarle los sufrimientos de esta última década. |